No es tarde

Al volver de trabajar, todo el estrés acumulado del día se concentra en su presión máxima, al tomar la autovía que llamo yo “del eterno atasco”.

¿Qué desgraciada causa, me obliga a perder una hora de mi vida cada día?. A mí, que me parece una pérdida de tiempo dormir, por esa sensación irremediable de haber invertido desorganizadamente el trocito de existencia que va desde la última vez que desperté, hasta el momento que duermo.

Hace poco, puede que 5 ó 6 meses, retornando por esta vía de la que hablaba, me di cuenta de algo que hizo venírseme el mundo encima: mi vida era diametralmente opuesta a la que yo siempre había soñado. No entraré en la descripción de qué es exactamente lo que esperaba de mi estancia en el mundo, ya que tengo que contaros una historia que tiene que ver directamente con esta forma de sentir.

Las lágrimas comenzaron a arrasar mi rostro, sin ninguna posibilidad de ser contenidas. Las luces rojas de los coches que parados delante de mí, sin saberlo, esperaban nada en la vida, se difuminaban al traspasar mis ojos empapados en llanto. Esta forma de repentino vacío interno, no era tanto porque me diera cuenta de aquel detalle como por concluir que no tenía posibilidades de cambiarlo.

La forma de llover de aquella tarde, prematuramente tornada en noche, era una burlona metáfora de mi estado de ánimo. Hoy, el atasco, era más denso que otras veces. La causa, un accidente, que, yo aún no lo sabía, había sido mortal. Mi carril avanzaba, al menos. Así que me podía fijar en la expresión de los demás conductores. No fue nada alentador. Si practicáis esto en vuestros atascos, tened cuidado, ya que es posible que caigáis en la misma cuenta que yo.

Ya divisaba las luces de los servicios de emergencia, y por la cantidad de ellas, parecía un accidente grave. Pronto pude distinguir las tumbas de acero, donde alguno de aquellos infelices, que cualquiera de vosotros puede encontrar en las caravanas, había terminado su particular calvario.

Existe una atmósfera más fría aún, que rodea el lugar de un accidente, donde los sanitarios van corriendo de un lado a otro, esquivando los fardos que en el suelo reposan cubiertos por una sábana blanca, o con un papel isotérmico si algo se intentó por que vivieran. Nada te hace imaginar el sufrimiento que pasarán sus seres querientes al conocer la noticia desgarradora. Saber, de forma tan repentina, que aquella persona que era una pequeña parte de lo que aún podemos llamar vida, nunca más volverá a alegrarte los días. Yo había caído en esto, en aquel mismo momento. Siempre hay formas de cambiar las cosas cuando están en nuestra mano, y ésta, lo estaba.

Pero supe, finalmente, que me había dado cuenta tarde de que mi vida había sido una constante pérdida de tiempo hacia mis amigos, mis abuelos, mis padres, mi mujer, y… mi hijo, que yacía tumbado junto al arcén de la autovía, sin expresión, irremediablemente inmóvil a varios metros de su motocicleta.

Fue como si me arrancaran las entrañas mientras caía de lo alto de un edificio sin suelo. Me lancé corriendo a abrazar a mi hijo, desconsolado, vacío, solo. No sé exactamente cuánto tiempo tardaron en evitar que estuviera en la zona del accidente, pero al principio pensé que me quedaría allí el resto de mi vida.

En mi opinión, el problema no es que las cosas se estén haciendo mal, sino darse cuenta tarde de que se están haciendo mal. Mi hijo no volverá a estar nunca a mi lado, pero mi hija sí.

Quizás no sea tarde del todo.

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