Oasis

Siempre apareces cuando llega la sed
Sendero en mitad de la jungla
Respiro de aire bajo el agua
Estrella polar en el cielo nublado
Consonancia entre disonancia
Donde bajar cuando pare el mundo
Amnesia de cicatrices
Idea de ideología inexistente
De razón indómita y existencia esteparia
Como tedio ajeno y salvación propia
Como idioma inventado
Como significado incierto

Oasis en mi desierto

No busques en mí iniciar fuegos

No busques en mí iniciar fuegos.

Soy más de mantener la llama,
de cuidar que no se apague,
de bajar manzanas del árbol,
de desenredar nudos,
de colmar el vaso,
de acercar la línea de meta,
de reparar el espejo rayado,
la pintura del banco,
el cerrojo de tu pecho.

Y vengo cuando me llamas,
sin saberlo haces que llegue,
andando por algún atajo,
de caminos mudos,
de sentires calmados,
que en tus ojos me alientan,
a mostrar el rincón de tu patio,
que hace tu mundo más ancho,
y la llave eres tú, que lees esto.

Carta al ausente

Es extraño, pero te extraño. Allá donde estés. No puedo vivirte, ni sentirte, ni a los ojos mirarte. Pero te extraño. Cuanto más cerca te creí más supe que el dolor por la ausencia se convertiría en dolor por rechazo, y por tu ausencia entiendo, pues, el menor de los dolores. Así que te extraño.

Y, bueno, está bien. A medias. No. No está bien. Pero este mundo tiene la extraña costumbre de llevarte por senderos donde el final no es el que buscabas. Te muestra señales que a otros viajeros sí sirven, pero a ti te confunden y te hace creer que era el camino. Te hace olvidar que esto que lees será la última vez que lo leas por primera vez, que el día de mañana será hoy y cuando sea ayer no volverá. Si el tiempo, que inventamos para creer que la vida tiene un principio y un final, fuera un poco más despacio, ¿aún tendría tiempo? ¿Ni siquiera con cinco, seis o siete vidas ahuyentando esta ausencia, tendría tiempo? Y entonces, al final del camino seguiré diciéndolo. Te extraño.

No me queda más que escribir, hablarle al papel como lo haría contigo, porque en este soliloquio nunca sabrás que el papel eras tú, y no un paño de penas, de último recurso, de analgesia absurda, de placebo a sabiendas.

Llego a tu muro de cristal impoluto, a veces veo una grieta por el que respirar tu calor, pero pronto sabré que este muro es una fina línea entre el agua y el aceite, es a prueba de ataques, de palabra y adorno y me aparta al frío lado en el que no estás.

Pero,  ¿quién es más loco? ¿El que muere liberando un corazón enjaulado, o el que se levanta un muro a sí mismo para defenderlo?

Y sea lo que fuere, te extraño, pero tu ausencia ya no es extraña.

 

Lluvia que arde

Salí a la lluvia y fui libre
Así me calara hasta el alma
Sentí el frescor, recorriendo mi piel
Sonido sordo que el ruido tapa
Mi cara hacia el cielo y mis ojos ya ven

Por un instante, mi sueño de no temer nada

Fundirte en la tormenta
Como el retiro de lo cotidiano
Como andar senderos verdes y angostos
Como ser parte de lo renegado:
De la tierra y el aire
Del agua y la vida

Cada gota cayendo como un encargo

A ti que la tormenta no moja
Sino que quema
A ti que de mí no huyes
Sino que bailas y cantas
Invita a bailar en mi fiesta
A quien tú hagas arder y bailar

Repaso de anatomía

Qué son las arrugas del rostro
sino el cauce de un río de lágrimas
que las aleja de su camino original
hacia el corazón

Qué son tus brazos extendidos
sino un puente sobre el río
uniendo la vida de tus padres con tus hijos
de un final que ha olvidado el principio

Qué son las cicatrices del cuerpo
sino un álbum de pasados
de instantáneas reveladas por error
de pasiones rebeladas por amor