La encrucijada

Aquí estoy.
Enfrentándome a otra encrucijada como cada día, como quien prepara el café de la mañana, el que recorre el mismo camino al puesto de trabajo.

No siento una determinación urgente y definitiva, entendiéndolo como una decisión sin vuelta atrás, o un punto de no retorno, como el que sobrepasa una aeronave al despegar y tras el cual volar es su única opción sin desastre.

Probablemente, volveré a tener otra oportunidad, mi voluntad la propiciará. Mi escepticismo sobre la existencia de un destino predeterminado me hace pensar que está todo en mi mano y que mi mano atiende a razones, y que mis razones son producto de un análisis calmado e ingenuo. Calmado porque le dedico el tiempo necesario sin injerencia externa. Ingenuo porque hago como si la pasión y mi subjetivo marcados a fuego sobre mi parcela irracional, no interfirieran en el resultado del razonamiento.
Bien sé que todo nace en esta región, a veces inhóspita, a veces olvidada, fluyendo por los ríos de agua helada, de torrente imparable, hacia el mar cálido y salado de lo terrenal, de lo palpable.

Toda decisión, por nimia que parezca, es en realidad un giro en el camino de nuestras vidas. Casi un punto de todo sueño en el que, o bien deja de serlo, o bien pasa a ser sueño eternamente. Una elección de algo que da de lado otras muchas cosas. Elegir es, sobre todo, descartar.

En la rutina elegimos todos los días lo mismo, y una parte de la elección se hace automáticamente en virtud de la seguridad y la tranquilidad.
En lo excepcional elegimos riesgo en mayor o menor medida, en virtud de obtener algo más valioso que el posible coste de equivocarnos. La percepción de cómo de grande es el riesgo, o cómo de valiosa es la recompensa, varía de una persona a otra, pero todos elegimos, constantemente. El éxito radica en lo buena que sea esta percepción en comparación con la realidad final.

Pulsar “Draft” o “Publish”. Guardarlo para mí o exponerme.

Quizás sabréis lo que hice, o quizás no.

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