Los ojos de un niño

Tengo la inmensa suerte de contar, entre los miembros de mi familia política, con una persona de una belleza extraordinaria, que cuenta con habilidades muy peculiares. Es un mago de la vida. Está encargado de mostrar la esencia del ser humano, a través de los eternos ojos de un niño, y dejar un pequeño pero valiosísimo poso de humanidad e inocencia allá por donde va. Capaz de hacer un quiebro a las preocupaciones, tratando de centrarse en las ocupaciones.

No sabe de otro momento en el tiempo más que este, el momento en que te ve entrar por la puerta y viene corriendo a abrazarte, en el que acompañarte a cualquier sitio, en el que reír -porque ríe mucho-, en el que poner la canción que más le gusta, descargársela al móvil, regalarle una linterna, arreglarle un llavero o hacerle una llamada para que suene el tono de su teléfono. Para él es la mayor muestra de amor que puedas ofrecerle. Que estés con él. Sencillo, ¿verdad?.

Últimamente me echa en cara que le hago menos caso, porque están Inés y David, y lo dice sin tapujos. Siente “celos”, como los celos que siente el hermano mayor por su hermano menor. Y es lógico. Pero él no sabe que en breve volverá a ser el menor de la familia, y que no tendrá que competir por “el trofeo” de nuestra completa atención.

La manera con la que mis hijos consiguen alegrarme con esa ternura imprevisible, actuando de manera aleatoria y saliendo con preguntas y afirmaciones de lo más peregrinas, pasará. No para él. Siempre le envolverá ese carácter infantil que proporciona una cabeza libre de complejidad de adulto.

Su mente es ligera, liviana, y por tanto ágil a la hora de sonreír, disfrutar de cosas insignificantes para los demás, incapaz de echarse el peso de un prejuicio a las espaldas, el prejuicio de ver diferente lo que al final somos todos. ¿Él es diferente? Discapacitado, le llaman algunos. Privilegiado le llamo yo. Él, como todos, cuenta con algunos privilegios. Pero, en mi opinión, los suyos son más cercanos a los que habrían hecho de la vida algo perfecto si todos contáramos con ellos, un Nunca Jamás. Él es un niño que nunca crecerá. Un niño que estará siempre ahí para recordarme cómo ser Peter Pan.

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