La resignación es un suicidio cotidiano (Honoré de Balzac)

Dijo Honoré de Balzac, escritor francés del s.XIX, que la resignación es un suicidio cotidiano.

Posiblemente, Honoré no disponía de mucho papel o tinta en aquel momento y por ello dijo tanto en tan pocas letras. O quizás valorara la fuerza de un mensaje breve pero con mucho contenido. ¿Qué quiso decir exactamente? Esta es mi opinión.

Le podemos dar un sentido más amplio, como “resignarse a vivir”, amargarse la existencia y también uno más concreto, “resignarse ante dificultades concretas”. Basemos, si les parece, el trasfondo de la frase, en el hecho de que la probabilidad de que algo que perseguimos, anhelamos o soñamos, se logre en un primer intento, suele ser muy baja, eligiendo, por tanto, el segundo sentido. Esto nos da dos posibilidades:

– aprender de lo que nos hizo fracasar e intentarlo de nuevo, corriendo el riesgo de experimentar nuevos fracasos sufriendo así notables menguas en la paciencia, el tesón y la capacidad para afrontarlo de nuevo. En este caso la sensación que padecemos es la de inseguridad, pero como contrapartida es posible que recibamos el premio que nos esperaba al final del trayecto. Hemos de comprender que, normalmente, haciendo lo mismo se consiguen los mismos resultados. Para el mismo sistema, cuando las variables obtienen el mismo valor, el resultado es invariable. De manera que algún ligero retoque de nuestro plan se hace indispensable. No del objetivo, sino del modo a utilizar para alcanzarlo.

– tirar la toalla y abandonar la conquista de aquello que perseguíamos. En esta opción, encontraremos seguridad, tranquilidad, sosiego, ausencia de riesgo. Abandonamos toda posibilidad de alcanzar la meta que nos habíamos propuesto, dejando de ser un poco más nosotros mismos, nos hacemos un poco más opacos y vacíos.  John Lennon dijo “la vida es lo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo otros planes”, que en esta reflexión encaja en la medida en que la vida está hecha de sueños, de planes. Una vez los sueños y los proyectos desaparecen, la vida como algo que nos llena también desaparece, se convierte en una vulgar espera del final. Un suicidio cotidiano.

Así, pues, tengamos muy presente a Honoré a la hora de evitar un suicidio cotidiano, sacando partido al hecho de haber nacido, que puede ser hacer algo tan complejo como conseguir la fusión fría, o tan simple, como estar rodeados de la gente que amamos y por la que luchar, dejarnos mojar por la lluvia o disfrutar de la sencillez de una conversación imprevista. Ya que estamos aquí, saquémosle todo el jugo al fruto.

Hace tiempo, esta idea me inspiró este poema, que quizás habla del sentido más amplio de la palabra “resignación”:

Nadie preguntó, no se me pidió opinión
De por qué debía yo saltar a la arena a luchar
De si sabría hallar razón para afrontar lo real
O sobre si lo que tengo es en verdad corazón
O más bien soy empujado
Por el soplo de la resignación

Mas no soy de los que viajan a lomos del tiempo
Pero sí de los que lo remolcan
De las aguas que no ven subir la pala al molino
De los que viven sin memoria
Tan sólo la que necesito
Para inventar mientras corro 
Delante del viento
Y para guardar tu fotografía
En la que me miras sonriendo

 

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Microcuento XIII – El Muro

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Una vez más
Enfrenté una brisa en contra
Gritaba sobre ingratitud
Susurraba versos de hiel

Hablaba de indiferencia
De promesas sin terminar
Y me hizo pensar en cambiar,
Abandonar para rehuir su desdén

– No eres más que aquel viento que palabras lleva,
¿acaso crees que no puedo vadearte y continuar?
¿Crees que va a detener o cambiar mi rumbo
la pretensión de quien no puede dañar?

– No soy más que viento, sí,
pero en muro me alzo a quien ha de escucharme
Mi sombra se alarga sobre las débiles voluntades
de quien no siente cierta la hora de ignorarme

Y dejando que me despeinara, alcé la mirada
Y continué mi sendero hacia la cumbre de la soledad
Donde la vista es clara
Donde se dice todo y no se oye nada

Carta al ausente

Es extraño, pero te extraño. Allá donde estés. No puedo vivirte, ni sentirte, ni a los ojos mirarte. Pero te extraño. Cuanto más cerca te creí más supe que el dolor por la ausencia se convertiría en dolor por rechazo, y por tu ausencia entiendo, pues, el menor de los dolores. Así que te extraño.

Y, bueno, está bien. A medias. No. No está bien. Pero este mundo tiene la extraña costumbre de llevarte por senderos donde el final no es el que buscabas. Te muestra señales que a otros viajeros sí sirven, pero a ti te confunden y te hace creer que era el camino. Te hace olvidar que esto que lees será la última vez que lo leas por primera vez, que el día de mañana será hoy y cuando sea ayer no volverá. Si el tiempo, que inventamos para creer que la vida tiene un principio y un final, fuera un poco más despacio, ¿aún tendría tiempo? ¿Ni siquiera con cinco, seis o siete vidas ahuyentando esta ausencia, tendría tiempo? Y entonces, al final del camino seguiré diciéndolo. Te extraño.

No me queda más que escribir, hablarle al papel como lo haría contigo, porque en este soliloquio nunca sabrás que el papel eras tú, y no un paño de penas, de último recurso, de analgesia absurda, de placebo a sabiendas.

Llego a tu muro de cristal impoluto, a veces veo una grieta por el que respirar tu calor, pero pronto sabré que este muro es una fina línea entre el agua y el aceite, es a prueba de ataques, de palabra y adorno y me aparta al frío lado en el que no estás.

Pero,  ¿quién es más loco? ¿El que muere liberando un corazón enjaulado, o el que se levanta un muro a sí mismo para defenderlo?

Y sea lo que fuere, te extraño, pero tu ausencia ya no es extraña.

 

La contradicción coherente

Sin razón aparente un día me vi inmerso en pensamientos aleatorios sobre el comportamiento de las personas en ciertos casos y por azar o inconscientemente llegué a una conclusión: debo pensar menos. En realidad esa no fue la única conclusión, también esta otra: los seres humanos somos eminentemente contradictorios. Increíble haber llegado yo solito a esto, ¿eh?.

En este momento tengo una opinión sobre un asunto en concreto, pero minutos más tarde o incluso simultáneamente, sin saber muy bien por qué, pienso todo lo contrario. Soy como una veleta. Un chaquetero. No hay quien me entienda. Estoy en la parra. Se me va la pinza, la olla, la almendra…

Es cierto que a priori se intuye que el ser humano cae fácilmente en contradicciones, y lo que es más absurdo, trata de corregirlas. Intenta no parecer incoherente con lo que ha mostrado de sí en el pasado, ya que hacer ver que ni tú mismo, pobre diablo, sabe qué es lo que quiere, es de débiles mentales.

Parte de la conclusión a la que he llegado es también que, igual que no rehuimos de nuestra naturaleza caduca porque es inherente a nosotros, no deberíamos rehuir del aspecto contradictorio que nos acompaña toda nuestra vida y que por cierto nos ayuda a conocernos. En el primer caso es obvio que no podemos renegar de hacernos viejos, pero en el segundo caso, tal vez porque parezca evitable forzando el comportamiento, no es tan obvio e intentamos denostarlo con esfuerzo sobrehumano que resulta decididamente inútil aunque algunas personas parezcan estrictamente coherentes. En realidad están haciendo un esfuerzo superficial y de embellecimiento exterior que tarde o temprano les dejará en off-side con el inconveniente de además sentir el ego herido. Y las causas que, en mi opinión, provocan esta contradicción son definitivas para aceptar que somos una cosa y la contraria, que el individuo cuenta con infinitas formas de pensar según el momento, sus experiencias, los sonidos, los colores, los rayos cósmicos o si hace frío o calor. No digo que sobre ciertos asuntos no tengamos una creencia firme pero mi opinión es que en esencia lo somos. 

¿Qué nos lleva a tener estos vaivenes espirituales? Si vamos tirando del hilo llegamos a los instintos animales del hombre, pero vamos a parar a medio camino en esta disertación y me quedaré con la naturaleza analítica del cerebro para los más dogmáticos, o el deseo del pensamiento de buscar respuestas para los más filosóficos. Nuestra inquietud, hacernos preguntas, buscar belleza en las cosas, perseguir lo perfecto, la complejidad de la personalidad, el amor, el odio, el carácter infinito del espíritu con sus infinitas posibilidades en su imaginación… si se lo tuviera que enunciar a un ingeniero (yo lo soy), le diría que somos un sistema no lineal y entra entonces en escena la teoría del caos, apasionante para los amantes de la ciencia.

El comportamiento humano quizás sólo sea explicable mediante la poesía. No creo que haya teoría posible que explique por qué yo, ahora mismo, veo inútil estar escribiendo esto aún siendo una de las cosas que más me llenan del mundo.

Principio. Final.

Cómo nos cuesta aceptar lo finito de todo lo que nos rodea. El carácter temporal de las cosas provoca los cambios, y los cambios significan vida.
Pero también existe, al menos en mi ideario, el concepto “eterno”, a través de nuestra huella en las cosas, en nuestro paso por aquello que cambia, la vida. No una huella cualquiera, sino una especial, porque:
Todo lo que empieza
También tiene un final
Lo que haces mientras tanto
Si le pusiste pasión
Eterno será