Nochevieja, la medida del tiempo y el amor

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Relojero en la torre del reloj de la Puerta del Sol de Madrid (antena3.com)

 

Hoy ya es 1 de enero de 2015. Ayer era aún 2014, y hoy sumamos 1 año más. Todo 1 año.

Ayer podíamos estar relajados porque hasta hoy no teníamos que poner en funcionamiento nuestra voluntad para acometer los compromisos que hayamos escogido para este año. A las 23:59 no había ninguna obligación, no había contrato firmado con nuestra conciencia. Un minuto después es tiempo de juego.

El tiempo es una medida inventada por el hombre para medir la duración de los acontecimientos de forma unificada. ¿No parece un tanto absurdo que la manera de gobernar nuestras vidas se mida por la llegada de un día concreto, un mes, un año? ¿El buscar la manera de mejorar no debería ser algo sin tiempos o agenda?

Coged las rosas mientras podáis,
veloz el tiempo vuela.
La misma flor que hoy admiráis,
mañana estará muerta…

(Walt Whitman)

Nunca he sido de seguir procedimientos rituales para asegurar la “suerte”. Siempre creí que la probabilidad de recibir alguna dosis de suerte es directamente proporcional a la pasión depositada, al trabajo realizado, a la acción, al movimiento, a tu yo diciéndose “voy a por ello”. No así a llevar ropa interior de color roja, a entrar en el año con el pie derecho, a comer las doce uvas o cientos de rituales que se llevan a cabo a lo largo y ancho de nuestro planeta con razón de que pase el segundo 23:59:59 del día 31 de diciembre.

Conversé con mi hermana sobre este hecho, precisamente ayer, y concluimos que estamos de acuerdo en que la vida debe medirse por etapas, por acontecimientos personales, oportunidades, cambios de parecer, sentimientos que afloran…

Y ayer, a las 0:00 del 1 de enero del 2015, mi hija Inés, en medio de la emoción que le provocó a una niña de 4 años el felicitarnos el año de un modo tan efusivo, me dijo de la manera más espontánea, mirándome a los ojos, “te quiero, Papá”.

Después de todo, es posible que el tiempo y el amor estén conectados de alguna manera.

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Impresiones de un padre más (II)

Siempre que pensé sobre ello, estuve convencido de querer tener hijos, para mí es la esencia de lo que significa la vida.

Con los numerosos modelos de familia que hay ahora, la familia tradicional es una opción más, pero para mí siempre fue la opción a escoger. Es decir, conseguir una relación estable y duradera con alguien con quien no sea muy difícil llegar a acuerdos, con quien entenderme fácilmente incluso en las peores desavenencias y, lo más difícil, mantener el cariño y respeto, en definitiva, amor.

Este primer paso lo inicié realmente pronto, y gracias a Dios, y sobre todo a la persona increíble que encontré, todo desde entonces ha salido como lo había planeado, aún cuando ni siquiera estaba planeando nada.

Hay una frase de John Lennon, reveladora, que dice “la vida es lo que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Hay veces que concebimos la vida como un viaje con un inicio concreto, esto es el nacimiento, y un objetivo también concreto, un destino, un sueño, pero no es cierto. Los fines en la vida van apareciendo constantemente. El de tener hijos era uno de ellos.

Primero vino una niña que, no porque lo diga yo, sino dicho por todo el mundo, es un calco de mí. El parto fue una de las más increíbles experiencias que he tenido, muy especial, irrepetible. Ayudé a mi mujer durante todo el tiempo que estuvo en el paritorio con el trabajo de parto. Es fuerte, impactante, a la vez que tierno y emocionante. Una experiencia cuyas sensaciones no puedes transmitir contándolo, sólo las puedes sentir viviéndolo.

Nada más nacer, la depositaron en el pecho de su madre durante una media hora, y posteriormente la envolvieron en una toquilla  y me miraron para ver cómo estaba de ánimo para sostenerla. Yo, por supuesto, accedí y en parte temblando, en parte no sabiendo cómo hacerlo, la agarré y aquello me hizo darme cuenta de que ya incluso antes, desde que supe que íbamos a tener una hija, la quería con locura, habría dado la vida desde aquel momento por ella sin dudarlo.

Sí, aparece una responsabilidad sobre ti que nunca podrás sustituir, estés bien o mal, tendrás que cuidar de ella, alimentarla, educarla, hacerle feliz…pero en ella ves proyectadas todas las buenas cosas que puedes dar a este mundo, es tu proyecto más ambicioso y a la vez el que más satisfacciones y preocupaciones te aportará. No hay manera de sentirse más realizado, que viendo que tus hijos salen adelante y con su cariño, a su manera, te demuestren su agradecimiento.

Como dije en el primer post de esta serie, aún tengo escasa experiencia con hijos, me falta pasar por fases de su desarrollo que imagino son mucho menos agradecidas, pero las afrontaré con la decisión de haber elegido la manera de vivir que siempre quise, formando una familia unida, que se apoya en todo momento, y que es capaz de estar en los buenos y malos momentos. Una familia en la que se pueda decir “al final siempre queda la familia”, y por supuesto para todo lo demás también. He de decir que en parte es mi carácter y en parte lo que mis padres me han inculcado.

Ahora que mis padres van eliminando responsabilidades hacia nosotros al habernos ido independizando, echan la vista atrás haciendo balance, y están seguros de que, con los buenos y malos momentos, en todo caso habrían tenido los hijos que han tenido.

Las circunstancias personales, obviamente, condicionan a mucha gente a la hora de decidir tener hijos. Mi opinión es que no hay que ver tener hijos como un reto, sino como una forma de impulsar tu vida. Cuando llegan los hijos, la perspectiva cambia, y eso te cambia siempre para bien. Pero quizás esto lo deje para un tercer post.

Conclusión: si lo estás dudando, deja de hacerlo. Tener hijos es siempre la mejor opción.

Impresiones de un padre más (I)

Impresiones de un padre más (I)

Algunas personas escriben sobre programación, otras sobre redes sociales, otras sobre cocina…pero yo me dedico a ser padre 16 horas al día como mínimo, sin vacaciones, fiestas o prórrogas de vidas anteriores, así que voy a aportar mi, aún escasa, experiencia sobre este tema.

Ahora que tengo 2 hijos, de 3 y 1 año, puedo hablar sobre ciertas cosas que nunca, nunca, por mucho que te las digan, las cuenten con todo lujo de detalles, las estudies, las imagines…, puedes saber hasta que te ocurren. Si no pasas por ello, no lo puedes interiorizar.

Antes de pasar a hablar sobre las bondades, que son muchas, y por cierto, ganan por aplastante mayoría a las maldades, voy a hablar de estas últimas; todo lo que en ciertos instantes, breves, y condicionados por las circunstancias, te hace desear estar en alguna isla, retiro, o máquina del tiempo con la que poder deshacer algunas cosas. Esto, en sí, no es algo malo, la experiencia sí, es desagradable, pero pienso que los vaivenes te ayudan a ver la vida con perspectiva.

No hay nadie, y quien lo niegue está mintiendo, que en cierto momento no haya querido desaparecer, ya sea porque su hijo le desafía hasta el límite, porque no da a basto con las tareas, gracias a que al peque le ha dado por no dormir en todo el día liberando su cansancio en modo de llanto o fruto de 3 meses seguidos de fiebre, tos y mocos causados por “un virus” según palabras del pediatra.

Antes de tener a la pequeña, que nació hace 3 años, me hice a la idea de las noches sin dormir, las tareas en casa bañándola, cambiándola, dándole de comer, acunándola, y vuelta a empezar, día tras día. Es algo que, fácilmente intuyes, puede acabar contigo. No estoy hablando de que seas consciente de que la vida va a dar un giro de 180º, sino de algo más prosaico: el cansancio físico. Y sí, eso ha sido una sorpresa para mí, porque durante estos 3 años lo he llevado mucho mejor de lo que pensé.

Pero hay otra cara de la moneda que no vi venir. Es la capacidad psicológica tan grande que hay que tener para mantenerse en pie y sin alterar el ritmo cardíaco. Hay días que te preguntas cómo es posible que no te hayas tirado por la ventana, cortado las venas o ingerido cicuta. Por tanto, a todos los que piensen en tener hijos: vivid en un bajo, no tengáis objetos cortantes, y tirad toda la cicuta que tengáis en el armario. Es el único consejo que puedo daros.

Una parte importante que ayuda a llegar a este estado de presión, es la ausencia de tiempo para esparcirse: leer, ver cine, escuchar música… se hacen casi imposibles. Aquí estoy a las 2:28 a.m. escribiendo.

Después de este post colmado de hipérbole y que, como buen español, gusto de utilizar de vez en cuando, emplazo a navegantes a un próximo post sobre todo lo contrario, lo que de verdad hace olvidar todo lo que aquí he contado. Y es que los hijos dan sentido a todo.